Durante mucho tiempo la humanidad bajo la sombra de diferentes disciplinas ha buscado explicar, comprender y entender su entorno, los fenómenos astronómicos, los ciclos vitales de animales y vegetales, la naturaleza misma de la vida y muerte. Pero así como ha buscado explicar fenómenos externos, naturales y cósmicos, también ha buscado explicar fenómenos internos, la propia naturaleza humana, tanto fisiológicamente como psicológicamente y espiritualmente.

En este orden de ideas, este cosmos que es el ser humano ha sido analizado por múltiples disciplinas científicas, espirituales y esotéricas, haciendo al propio humano un objeto de estudio, desglosando y desmembrando cada una de sus partes haciendo a su vez a cada una de ellas un objeto de estudio en sí.

Uno de estos objetos de estudios es la mente. La psique, la cual en la antigüedad podemos observar como su análisis y estudio recayó en místicos y sacerdotes, y en la medida en que los años pasaban y las culturas crecieron, se ahondó más en estos estudios, otrora con aspectos místicos, actualmente con un método científico o con herramientas propias de una disciplina científica (a pesar de que el psicoanálisis es calificado como pseudociencia por muchos expertos debido a la no falseabilidad de sus postulados, lo cierto es que posee base y metodología racionales).

La mente es un universo y es normal que múltiples disciplinas busquen explicar y comprender su funcionamiento. Por tanto es inevitable que estas disciplinas en algún momento se junten e interactúen, ya sea desechando una a la otra, integrándola de alguna forma o refutándola. El conocimiento está vivo y como tal es dinámico. Es así que me acerco al tema al cual pienso abordar, desde la periferia tal vez, con precaución, no por temor o desconocimiento, sino que a veces es necesario ir con cautela al intentar plasmar por escrito lo que por nuestras cabezas navega, ideas esquivas que poseen una estructura sólida y granítica en nuestras mentes se desmoronan como castillo de naipes cuando las verbalizamos de manera incorrecta.

Herman Hesse nos muestra de forma espléndida como el hombre en sí mismo posee un aspecto animal, algo que Jung denominaría como el arquetipo de “la Sombra”. Hesse en su obra “El Lobo estepario” nos muestra dicha naturaleza humana, describiendo este aspecto animal y salvaje como un animal, que de acuerdo a su marco teórico contenido en ese libro nos habla de cómo en la mayoría de las personas ese aspecto animal, reflejado en un animal específico en general convive con el aspecto humano, racional, en colaboración o simbiosis, mientras que aquel individuo que posee como aspecto animal un lobo estepario está en un constante conflicto, no por control o sometimiento de una parte humana hacia al animal o viceversa, sino más que nada de juicios respecto de uno respecto del otro. Es decir cuando la parte humana hace una “buena obra” era juzgado y tomado como objeto de mofa y burla del aspecto lobuno, mientras que al ser este animal el que tomaba el control del individuo y gozaba de lo que hace feliz a esta parte animal, como comer, cazar y caminar solitario por paramos y bosques, era juzgado, cuestionado y vigilado por ese aspecto racional del hombre. Esto es un análisis muy escueto y burdo de esta obra del escritor germano, pero es suficiente para reconocer su esencia, y su relación (consciente o no) con el concepto del arquetipo de La Sombra de Jung, arquetipo que tiene relación directa con la parte más primitiva de la mente humana, asociado a la totalidad del Inconsciente, a aquello que el “Yo” no reconoce como propio. Como es evidente existe un paralelismo, entre ambas obras y posturas. Claramente una es literaria y en parte autobiográfica, mientras que la otra busca se universal al ser humano. El principal paralelo es esa dualidad razón/instinto, humano/animal, que sin ser idénticas entre sí, son muy semejantes. Unificando ambos razonamientos de forma muy libre, con la finalidad de comprender esta naturaleza animal en la psique humana podemos concluir que aquella sombra arquetípica contiene toda la “sabiduría de las sombras”, que se ha sido tanto temida y evitada por unos, o buscada incansablemente por otros. Es el Árbol Qliphotico, aquellas sombras que se encuentran en la base de nuestro comportamiento, que si somos capaces de descubrirlas, acercándonos a esas sombras internas como si de animales salvaje se tratasen, podremos convivir en armonía con esas sombras, convivir en armonía con el lobo, con ese aspecto primigenio y salvaje…

Y esa es la diferencia primordial entre aquellos cuya parte animal obedece a patrones predatorios versus aquellos que su parte instintiva y animal responde más a las características de una presa. No es lo mismo una manada de lobos que un rebaño de borregos. Siguiendo con los paralelismos animales, el luciferino es un depredador, dicha conducta es inherente a la naturaleza humana. Pero existen depredadores solitarios, y depredadores que cazan viven y mueren en manada. Así pese a que el Luciferianismo es un sendero principalmente solitario, es que nos agrupamos, nos reunimos y compartimos, pareciendo irónico que exista un “grupo” de individualistas que se juntan a hablar del “Yo”, y sin embargo aquí estamos. Muchos han recorrido este sendero principalmente en solitario, pero aun así, en base a mi propia experiencia, puedo decir que es necesario dentro de este sendero que recorremos, en algún momento, compartir con otros que tengan estos pensamientos afines. Es inevitable recordar la frase atribuida a Erasmo de Rotterdam “Homo solus aut Deus aut Dæmon”; el hombre solitario es un Dios o un Demonio… pues que cada uno de nosotros, depredadores, disfrute mientras está en la manada, y salga cuando tenga que continuar con su senda. Debemos acercarnos a esas sombras a fin de conocer y obtener provecho del animal instintivo e irracional que mora en nuestra mente, y que controla gran parte de nuestras reacciones. Muchos de nuestros razonamientos tienen como guía oculta estos sentimientos animales, que son racionalizados por la mente consiente.

Solo quiero terminar con una reflexión del mismo Jung, en alusión al autodescubrimiento de esa sombra arquetípica:

Uno no se ilumina imaginándose figuras de luz, sino tornando la oscuridad consciente” (Jung, Carl Gustav. «5. El árbol filosófico». Obra completa de Carl Gustav Jung. Volumen 13.).

               

Frater Leviathan

Aarchierus Minor IML Chile